Bienvenidos a mi blog, una experiencia de sanación, proyectándonos hacia el planeta verde, y el respeto que debemos al derecho de existir de los seres que nos acompañan en éste corto viaje por la vida.
Gracias por ser parte de mi pequeña historia
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Ayer organizando mis cosas, botando mugre y papeles, encontré la oración que mi madre me pidió pasara, para entregar una copia a cada uno de sus hijos y nietos, su voz ahora está aquí, en el mundo actual, que nos une desde un más allá, que tenemos tallado en la frente y en los ojos.
Si pudiera devolver el tiempo
pero él no tiene piedad,
simplemente pasa,
como la vida, en silencio
sin percatarnos siquiera.
Ayer, como una oruga fabriqué mi cárcel
hoy pretendí ser libre
pero la libertad cerró mis alas,
no estaba aquí,
sino más allá del sol.
¿En dónde estás?,
y un ave cantó fuerte sobre mi árbol.
¿Te has ido al sitio del nunca más?,
más no hubo respuesta.
Vi una golondrina azul
sé que son azules, tornasoladas
tienen un pico pequeño y fuerte
saben luchar contra los vientos más adversos.
Pero ella cerró los ojos en mis manos
un nevado fue su rostro,
donde la cabellera de su montaña
formaba una cascada en el cielo
y voló a pesar de que sigue aquí.
Raquel Rueda Bohórquez
Barranquilla, abril 25/14
Mami con Julio César
Fuerte como un roble,
siendo cristalina y quebradiza ante los ojos de los demás,
Mi padre sabía de panales y de reinas, cada una tenía una misión dentro del panal, unas mantenían fresca a la madre, batían sus alas, para que la temperatura no se elevara más de lo normal.
Otras se encargaban de fabricar un exquisito alimento rico en proteínas, y todo lo que ella necesitara para estar fuerte y seguir poniendo sus perlas, muchas veces me mostró una celda con una crema blanca, y decía que ese era el alimento de la reina.
Le decía a mis hermanos que esa jalea real los mantendría siempre como toros fuertes.
Prestaba atención cuando él sacaba los panales, cubierto con su traje de gladiador fabricado por su reina, mi madre.
Decía: cuando hay otra reina, se retan a pelear o una de ellas abandona el panal para fundar su propia colmena.
Ella será la única que ponga huevos, será la consentida de todas sus hijas, y los zánganos son expulsados también, ella se apareará, con el mejor macho, dicen que con varios, pero ella será la única madre de todos, más el padre no lo será.
Hay nodrizas, limpiadoras, enfermeras, zánganos que no hacen nada, no producen ni esperma, pero hay otros que sí pueden cubrir a la reina, y son fértiles.
Hay quienes están como soldados a la puerta vigilantes, liberan un olor especial, cuando alguna de ellas es maltratada, y todas van en su ayuda, tratan de sanar a las enfermas, y a las que mueren las sacan de sus colmenas.
Muchas me picaron, pero él decía que eso era bueno para la salud, lo malo era que las abejas morían, pero detallaba esa pequeña jeringa, como una lágrima mínima que seguía inyectando veneno.
Sus abejas eran mansas en cierta época, después no quiso más, no recuerdo cuando fue que dejó de tener abejas, tal vez cuando salimos por primera vez de Zapatoca, las pocas cosas en un camión, y sus tesoros valiosos bajo una carpa sobre su volqueta, apiñados y angustiados por lo que vendría, pero ahora que recuerdo, sólo éramos felices, mientras mi reina y el dueño de la colmena, nos alentaban cada día con una oración y una sonrisa.
Siempre recuerdo el rostro de un indígena joven, tallado en mi puerta de madera, cada vez más visible, no había enojo en su mirada, más sí mucha tristeza, si pudiera pintarlo, diría que algo de mí estaba él, y algo de él en mí, había un tambor, el de mi corazón, que palpitaba veloz, y parecía un águila entre las grandes montañas...
Había un rostro... ¿sería el abuelo de mi abuelo?, lo cierto es que sus ojos parecían una súplica, un gran penacho de plumas, su cuello adornado de joyas, pero él no sabía que eran joyas, hasta que vinieron unos hombres con sed de todo...
Descubrí en las praderas los rubíes, como un manto sagrado que se regaba hasta volver rojas las cascadas y los ríos, entonces las amapolas tomaron su dolor, y el dolor se convirtió en blanca ceniza, también convertida por quienes hasta en una flor encuentra la muerte, y las flores lloran blancas perlas, ellas tampoco lo sabían, sólo levantan el rostro, y una navaja hiere sus corazones que se desangran, a plena luz del día...
Recuerdo que cierto día me asusté mucho... ahora no veía hacia las montañas, sino que miraba mis ojos, y también ahí vi los míos, se estaban secando los bosques, lloraba mi madre, los manantiales fueron hilos pequeños, las represas se volvieron gigantes dragones, pues vieron en las gotas de rocío de mi madre, lo mismo que vieron en el cuello, pero no quedaría más que ver, porque ahora, todos nos mirábamos a los ojos, cuando el susurro de la brisa venía como un tornado, y el mar se enojaba, y el vientre de mi madre buscaba reposo, en el infierno armado por el hombre blanco.
Su rostro era una mueca de tristeza, la que aún recuerdo, se había tallado en mi puerta, y su corazón, un cascabel de niño palpitando entre los cerros.
Raquel Rueda Bohórquez
Barranquilla, abril 23/14
Imagen colección personal Raquel Rueda. Arhuacos, Sierra Nevada, Colombia.
El artesano buscó una parcela de cartón
estaba bonita para una mansión,
y entre sueños y fantasías nació mi castillo
hecho a mano, pincel a pincel,
gota a gota salobre, esparcido su amor.
¿Olvidarás las rosas rojas?,
en el frío a veces mueren por un rato,
más cuando aparece el sol vestido de oro;
sus pétalos abre, y su perfume es mejor.
No olvides el caminito de rocas
un sendero que lleve a la imagen de María
y un nicho donde una cascada clara,
sus ojos hermosos miremos algún día.
Me gustará ver cuando termines
flores amarillas y blancas,
girasoles virando agradecidos
cuando el naciente rey esté contigo,
y la luz del sol se haya escondido.
Te dije que un árbol, naranjal en flor
un pino pequeño, para que anide el gorrión,
nunca más estará triste, todo será primavera
porque entre oscuros lagos
siempre he visto una flor.
¡Qué bonita!, pintas como si fueran letras
¿cuántos poemas guardarás ahí?,
te regalo un beso para que vuelvas cometa
que con el viento de ahora
me llevará a ti.
Un mágico día, sí… ¡mira!, regresan las aves
descubrieron que aquí había ilusión,
donde se siembran rosas y se abona
nunca estará vacío el jarrón.
Y te quiero, no me duele…
Es tan fácil de pronunciar,
dicta el corazón tan pocas letras
y con tan pocas,
nos solemos contentar.
Tengo un gorrión en el alma,
pero no sabe cantar como ruiseñor,
honda melancolía le asiste,
y siempre piensa en el amor.
Este hermoso poema
lo he leído en algún lugar,
pensaré en donde...,
¿aplausos a su creador!, muy hermoso…,
le ha dejado también hojas ocres
y pequeñas manchas oscuras,
para que pueda adivinarle en el bosque.
¿Qué haces mi pequeño gorrión?,
dicen que pronto ya no serás,
que tantos venenos te desaparecerán
retornando el lloro a mis ojos,
un vicio que no sé callar.
Chozpar como un cordero tu fin
¡tan bonito te ves entre un jazmín!,
¡tan dulce amor picoteando una flor!
Al recuerdo migajas para ti
¿y para mí?, ¿qué tienes mi amor?,
ese trino dulce y repetido,
es lo que me hace amarte.
Tan simple, tan de niño cantor
como un recién nacido,
que no envidia los trinos de otro
y con cualquier migaja,
se da por bien servido.