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¿Y MI ROBLE?
Mala costumbre tengo, de abrir heridas; ¿pero acaso es una herida
recordarlo?
Él fue quien me arrulló a la temprana luz de una vela, cuando las noches
eran frías y largas; y quien me apretó a su corazón cuando tenía mucho miedo,
¿por qué razón no he de nombrarlo?
Voy por mi pasaporte hoy, ¡no fue tan larga la fila!, todos como zombis
por la vida, pero vivos parecemos la sombra de la muerte.
¿Y mi roble?... ¡Tan bonito!, ¡tan lleno su rostro de sonrisas!; sus
carcajadas llenaron mi vida, y sus manos arrugadas, cuando a punto de
explotar una luna llena en mi barriga, fueron alivio para mí, pues sentía más pena por
sus niñas que por todos.
¡Ahí estaba!... poco a poco, el maldito vengador en él se porfiaba; consumía su carne gruesa y morena, mientras su piel, la estiraba con sus dedos,
con una mueca angustiosa, que un abrazo cálido inspiraba.
¿Me das el espejo?, ¡destápalo hoy!, me quiero ver, me siento bien, ¡llévame afuera!, quiero conversar con los niños. ¿Eso que suena no es el paletero?,
¡qué música tan bella!, ¡llámalo hija!, quiero que ese frío penetre mi garganta, y el huracán que se agita en mi piel, se calme; y fui corriendo, nada me
importaba; sus deseos eran órdenes.
Para vivir con el sol de mí pegada, que se movía cada vez más, mientras en la cama, sus piernas acariciaba con cremas, imaginando que mis oraciones al Creador llegaban.
Para vivir con el sol de mí pegada, que se movía cada vez más, mientras en la cama, sus piernas acariciaba con cremas, imaginando que mis oraciones al Creador llegaban.
¡Ya!, y me entregaba un bocado, ¿me recordarás?, decía cuando balbuceaba
un bolero con su voz de niño consentido.
¡Sí, por toda la eternidad!, nos veremos al salir el sol, y cuando la
luna pase corriendo por entre los bosques, ¿o seremos nosotros?, ¡no lo sé!,
¡pero iremos los dos!, /y nos tomaba con sus manos que parecían troncos que bogan
después del comején, dejándose llevar de la fría nieve, de la turbulencia del
dolor, que lo acosaba junto a su febril mirada.
¡Mi roble!, gritaba a Dios, ¡llévatelo Señor!, no merece un segundo más
de dolor, ¿qué más padecer que vivir por nosotros?, ¡no tan excelentes hijos
claro!, pero tendiendo a ser mejores que muchos, porque la vida dura, talla
robles pequeños en el camino, la buena semilla que fue, dejó un bonito jardín, con ojos que lo perseguían y abrazaban; que se aferraban a sus brazos, felices de
caminar y jugar con él por el bendecido bosque, donde a veces había orquídeas,
y otras, cardos espinosos.
¡Roble mío!, y explotó mi luna, que resultó ser un pequeño sol en mi
camino, mi muchacho de mirada triste, el explorador, el coqueto abusado, el
niño que casi mata un rayo oculto en una regadera, con su brazo cruzado y la
suerte que lo mantiene junto a mí, tocando sones de piano, un Mozart iniciado
tarde, un poeta resucitado de la muerte, mi hijo, vencedor de mil batallas,
ganador del mejor Óscar, luchador en terrenos pedregosos, que calla si la
humillación lo cerca, porque su mirada va más allá... lejos, si lo advierto
con los ojos cerrados interpretar para mí, una dulce serenata de amor, ese amor
que no duele ni castiga; el que viene de Dios, y le dice que Él estuvo ahí
cuando su primo necesitaba volar, y que su mano al levantarlo fue cosa de la
providencia, ¡y mi padre lo vio tan pocos días!, pero imagino que se llevó su
pequeña estampa con él.
¡Qué bonito!, su mirada oscura lo descubrió, tomé una foto al cerrar los
ojos, mientras un ronquido fuerte me asustaba, siempre me herían sus lágrimas; ese dolor como espada me lastimaba, y quería estar ahí, cuando la sombra oscura
mostrara a mi roble una luz lejana a donde iría, donde esas manos de María se
extendían hacia las suyas... lo vi ese día... ¡tan linda!, -¿quién padre?, ella...
la mujer de luz, ¡es tan bella!. No eran mis manos lo que veía, porque las
mías las apartó con suavidad, y sus ojos
se quedaron estáticos viendo hacia el resplandor invisible para mí, pero
cercano a él.
No paraba de llorar, pero esa semana doblé rodilla, escondida en algún
rincón del tiempo, y acepté que su vida no era mía, que él tenía que marchar; entonces rogué por su muerte como se ruega por la vida, y presentí cuando mi
niña Carolita extendió sus manos esa noche hacia Él, que tal vez esa noche, mi roble
amado partiría.
3.30 am, de un 30 de abril, gritos en mi casa, mi hermano Carlos me avisaba, corrí olvidando a mis pequeños que dormían tranquilos, para descubrir a mi agónico
roble con sus manos vencidas, y en el momento tomé su derecha, lo único que estaba
libre para mí, la apresé junto a mi pecho, mientras mi madre oraba y bendecía,
y mis hermanas aceptaban que desembocaba en el mar lentamente…
Lo sentí bajar y todo pasó en un instante; unos segundos nada más, tal
vez 5 o 3, o una eternidad, su mano se crispó en la mía, y el frío de la
muerte, acogió a mi roble, en aguas mansas… tan mansas que hubo una sonrisa
leve, y un suspiro tan sencillo, sin quejas ni reclamo. Doblado al fin, sin
renegar, como siempre fue. ¡Bendito amor tan lleno de flores siempre!, frutos de la pasión, han quedado; y en la sangre de otros afluentes, suyos y míos, se volvió
eternidad el árbol más amado.
Se vieron las fotos, los álbumes viejos se abrieron para todos; los
recuerdos como espumas en una copa de vino. Brindamos con oraciones 9 días por
su alma, y mi madre en un instante después de su partida, perpleja y pálida, no
se enteraba todavía, y un grito sacudió la estancia… ¡me hundo!… ¡Dios mío!, sentí que me hundía entre la tierra, y pálida
se abrazó a todos los brazos multiplicados por mil, hasta que la vimos también
partir, llena de flores blancas, dulce a pesar de estar muerta, un ángel
joven se veía en medio de una paz sublime.
Hablar de la muerte a nadie gusta, ¿pero no es la muerte, la razón de la
vida?, ¿qué es morir?, ¿qué es nacer?, si para morir nacimos, será porque es
bendita la resurrección de las hojas, que nos muestran que nadie se va; solo se
aleja el alma un poco a perseguir el sol, en tanto nos dejan respirar un aire
fétido, así volvemos lo vivo, lo matamos con el desamor, pero mi roble siempre amó, tanto, que aún después de muerto
lo veo, cuando camino por ahí, y lo adivino tranquilo y sosegado en algún
jardín, viendo hacia el horizonte, callado y tímido, vencejo al fin; mies de la
vida esperando un rincón abierto para entrar y multiplicar con nuevas semillas jardines
perfumados para otras primaveras, y otras estaciones en el tiempo.
Una risa loca suya, el movimiento de una taza de café, el olor a
chocolate fabricado en casa; una gallina criolla, una olla con huevos para
repartir un poco de amor a cada uno, y esa sonrisa… ¡qué no daría ahora. por
tener una sonrisa suya cerca de mí!...
¡Lo sabía! Ríen a carcajadas los robles, es la magia en ellos, entre más
viejos más nobles, entre más ancianos más amados.
Él mismo fue su cajón, ¡tantas flores!, ¿de dónde saldrían?, fueron
donadas como si un príncipe acabara de morir, ¡nunca vi tantas rosas juntas!, y
su orquídea, callada y sumisa, mi admiración, ¡qué bonita se veía!, parecía un
ángel a su alrededor, contando semillas entre los dedos: Dios te salve María… y
la reunión terminó, el dolor se había ido, llovió mucho ese día, ¿un santo
acaba de morir?... puede ser, mi padre lo parecía, un santo varón que amó como
a su vida, a una mujer, y que la entregó por todos sus hijos, sin pedir más.
Raquel Rueda Bohórquez
Barranquilla, octubre 24/14
Barranquilla, octubre 24/14
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