martes, 25 de abril de 2017

DESDE LA VENTANA (137)

DESDE LA VENTANA (137)

Ahí estaba de nuevo, encogida sobre sí misma
Como un niño pequeño esperando un tibio pezón.

El frío de la tarde y la fiebre quemando su interior
Conmovida mirando la luz que entraba por la ventana.

Un níspero gigante arrullaba con sus hojas, parecían manos abiertas al cielo
Mientras una fuerza interior la llenaba, la poesía susurraba con su poco aliento
Y una tímida sonrisa, casi sonrisa se dibujaba en su amado rostro.

¡Ya no sé qué hacer…! me quiebro ante su febril dolor.
Y pienso ¡qué raro!... ¡qué extraño!, pero los santos siempre sufren,
Y la tomo de la mano, cálida y suave… sus manos, únicas para mí;
Mi gran amiga y confidente, amado roble tan sufrido y a veces tan olvidado.

Le increpo al Jefe, tengo la osadía; quisiera cambiar mi aliento por el de ella,
Que sus fuerzas se renovaran y yo volara muy lejos, donde no la vea más sufrir,
Y se enlagunan mis ojos a escondidas, el pecho convierto en piedra para no sentir;
Bajo el rostro ocultando una sonrisa falsa, mientras enciendo su telenovela…

Los cables parecieran suspirar, las agujas de nuevo y los moretones en sus manos.
Sus gemidos ante las caricias, los labios resecos y su triste mirada,
Y admiro una cometa que pasa ante mis ojos; ¡más ni un ave se posó sobre el árbol!
Extrañé sus cánticos, silencio, soledad… y en medio de todo éste tormento
Una extraña sensación de impotencia, mi corazón se humilla y mis rodillas se doblan.

Entre sueños de tiempos idos, nombra un trapiche, la finca, los obreros;
Vasijas de agua cristalina tomadas desde la fuente…
Ella sube aprisa por la ladera, ¡corretea, juega, salta, canta!
Baja de nuevo a llenar el cántaro que la espera junto a los besos de mi abuela
Donde la pobreza de su rancho y la miseria se llenaba de brotes de palmera,
Cálidos abrazos, y sonrisas lisonjeras.

Torna la mirada al cristal de la ventana…
¡Cosa extraña…! un mirlo de patitas amarillas picoteando un níspero,
De nuevo un murmullo de besos sobre las hojas verdes; los edificios muertos,
La palmera solitaria sobre una terraza muy alta, muriendo a solas con sus resecas ramas
Mientras mi dulce bebé gigante sólo suspiraba, su mirada triste me observó en detalle,
Y extendió de nuevo su suave y cansada mano.

Raquel Rueda Bohórquez
Barranquilla, abril 25/12