miércoles, 7 de septiembre de 2011

MAREAS (56)




MAREAS (56)

Mis pasos estaban ahí de nuevo,
parecía un alcatraz herido ...

Matices de azules suaves
y el cielo de colores de fuego
extendido va sobre una inmensa llanura.

El arenal caliente y los pies  descalzos,
las manos tallaban un corazón
más los sueños se esfumaban
se pegaban a las olas y se estrellaban
con mis sueños 
entre las heridas de las rocas.

Suaves olas eran un remanso
donde ya no hay primaveras,
y las fantasías  se agotan,
los labios se humedecen,
los ojos salan el mar con su lluvia.

Talle de mi corazón 
que no te has borrado...
Imágenes de la vida que viajan
semejando  bandada gris por el desierto,
descansando sobre la arena caliente
con  profundidades de melancolías,
donde escribí tu nombre junto al mío...

Azul  infinito que desapareces,
te alejas con las quimeras
en tanto, brotan suaves mareas
sobre flores tristes y caracolas
que ya no envían besos 
ni te cantan al oído...

Los corales llenos  de vida
con la belleza casi muerta
ya no ven mis ojos 
ni tocan mis pestañas.

Tantos fenecieron sin  creerlo,
y sobre sus preciosas vidas
sólo quedan enramadas oscuras
con la suciedad del hombre acumulada.

Pero otro sueño aparece en tus ojos,
pronto brotará una flor, 
avivará el fuego 
que poco a poco se extingue
con el tibio  beso del mar.


Raquel Rueda Bohórquez 
Barranquilla, septiembre 5/11


MIS NIÑOS (57)


Mis hijos Verónica y Kevin.

MIS NIÑOS (57)

Dulces cariños de mi corazón
recordando momentos felices,
canciones de cuna mis amores
cual suaves pétalos de flores
que descansan junto al abrigo de mi pecho.

El tiempo ha endurecido sus rostros,
esas miradas de mis cantores 
son luciérnagas compañeras de la noche
en los rincones olvidados.

Regálame lucero  un recuerdo
para que la seda cubra mi piel,
y sus pequeñas bocas premien mi existencia
con una sonrisa de cristalinos arroyos
donde la calidez y la tibieza 
fueron primavera cada día.

Tráeme las pequeñas flores de sus manos,
sus palabritas a medias arrulladoras;
sus besos sobre mis pechos rebosantes
donde la miel blanca era su anhelo,
absorbiendo de mi alma
todas sus esencias.

Cantores en mis silencios,
arduas labores cobijadas con sus llantos
que como pájaros  felices, 
se adormecían con una sonrisa fresca
y una oración de luna clara
sobre la cuna de mis pensamientos.

Es el tiempo para recordar...
Se esfumó el ayer donde todo era pequeño,
los teteros quedaron perdidos
junto al olor a loción y talco fresco.

Se perdieron sus divinos ojos,
quedaron por siempre guardados
junto a sus llantos y sonrisas,
que aún trinan con sonidos de aves
sobre el portal humedecido de mi ventana.

Hoy contemplo el ayer como un sueño
y anhelo para ellos el futuro próspero
que me anuncia la luz de la mañana.

Otro arrullo llegará a mi regazo
con una suave y pequeña mano
que recordará el ayer,
sin pensar en el mañana.

Raquel Rueda Bohórquez
Barranquilla, septiembre 4/11

CUÑADOS (58)


CUÑADOS (58)

A veces las palabras se ahogan
y el tiempo es un enemigo veloz que roba vidas,
nos acobardan las arrugas, los dolores,
 se quiebra la voz con los suspiros
y las madrugadas de nuestros propios sueños,
se abandonan  en manos ajenas.

¡Qué triste decir adiós!, las penas llegan,
 los robles desfallecen sobre un duro sillón,
las enredaderas no pueden avanzar,
se quiebran con su propio peso y caen pesadamente
sin esperanza de la fuerza que las renueve.

El brillo sobre  las vitrinas de los ojos,
angustiados se acercan en una súplica.

Bebé grande caprichoso y tierno,
su quebrantada voz queriendo salir
pero ella se ahoga en el río
que brota lento por sus párpados.

Cascarón  roto donde no se respira,
se acabaron las madrugadas,
los huevos criollos, el ganado gordo
el corazón latiendo aprisa
cual rabo de cascabel.

Ya no se agitan los machetes sobre el pastizal,
la mochila al hombro con sus viejas alpargatas,
el totumo del guarapo y la vianda para el atardecer;
las carreras sobre las lomas detrás del ganado terco.

Se acabaron los afanes, el trabajo arduo,
el sudor que reventaba huesos,
y mantenía la chispa de la vida,
las sonrisas de compadres y comadres
abrazados por las mismas angustias y temores,
los juegos con los sobrinos sobre carretas de madera.

Mi padrino con su bondad infinita,
brazos pecosos que hoy se parecen a los míos;
mirada triste y agotada sobre su pequeño oratorio
con un rosario de cuentas viejas 
que descansa sobre sus envejecidas manos.

Recuerdos de La Cacica son su Kiñito  fuerte,
ella enlazaba el ganado y derribaba becerros
ante sus grandes carcajadas y un cariñoso abrazo;
el regalo de su dulce mirada en vez de un regaño,
y un huevo de pava para festejarlo...

Tantos hijos, muchos afanes, el ahorro para el mañana
y par el hoy el sillón viejo para descansar,
sus muchachos los mejores enfermeros;
los que corren afanados robándole al tiempo un lucero
el de su agotado padre que es caprichoso niño
y busca un pañuelo blanco para secar sus párpados
que aún se humedecen cuando alguien le dice: "te quiero".

Mi consentido viejito, fue como mi padre,
el regalo del tiempo para nuestra propia vejez,
imagen imborrable junto a los brazos de mi vieja
con aquélla sonrisa lánguida y un cálido abrazo
de dos ancianos que siempre se amaron,
ahora se ven a los ojos como dos luceros blancos;
o dos robles mecidos por el tiempo 
que cobijaron sueños y pájaros cantores
pero ahora se abrazan en una despedida.

Raquel Rueda Bohórquez 
Barranquilla, septiembre 4/11