martes, 18 de julio de 2017

EL VIEJO DEL PERRO BLANCO (18) R

EL VIEJO DEL PERRO BLANCO (18) R


Mandé a la musa de vacaciones, no quiero escribir nada, no quiero pensar, pero el viejo lleva su buena carga y un amigo que no lo defraudará.
Es seguro que una tarde cualquiera, la musa vendrá en caballo blanco y me contará que el sueño de anoche era verdad, ¿sabes qué?, caminaba sobre un tejado en una inmensa casa de campo, porque quería tocar las estrellas, pero era de día y sólo comulgué paisaje, todo era de muchos colores, los árboles tocaban el cielo y un par de caballeros pasaron veloces en sus caballos, uno era rojo, el otro era pinto, pero el joven estaba sobre la bestia y desde ahí se lanzó a un lago tan bello como los ojos de mi abuela, era azul claro, podía ver el fondo, los peces que jugaban a y los caracoles que besaban las rocas.
El sueño me habló que todo es nuevo, nada envejece, solo la carne, y que un hombre que ama a los animales no puede ser malvado porque tiene la esencia de Dios en él.
¿Qué te diría del viejito del perro?, tiene una mirada franca, se pasea con el mejor amigo que pudo hallar y ambos se pertenecen, son parte del tallo, de la raíz y del árbol, y algún día la semilla será plantada cerca de la montaña de los sueños, para que el viejo se multiplique en todos los paisajes.
Tiene por contar que fue el más valiente, porque supo vivir la vida y jamás desdeñó una sonrisa, no se arrodilló ante nadie y con el rostro en alto se levantaba después de caer, con el apoyo de la fe que lo animaba.
Va con su perro porque es el único amigo fiel que halló en la tierra, ni siquiera su esposa pudo ser fiel a su amor, porque con el primer bandolero que le abrió la bragueta con ese se fue, ¿no qué no?, después volvió con el rabo entre las piernas a pedir perdón, pero el viejo no estaba dispuesto a ser pendejo y se enamoró del día y de la noche, disfrutó de miles de puestas de sol, de la flor del camino, del verso del papayero y las brisas de julio que entre ardientes y frías, aconsejaban a su bigote a reír de nuevo, con la libertad del caminante, que comprendió, que el hombre es variable para amar, pero que en su perro halló la fidelidad de un amigo a su lado que jamás discutiría por sus errores, y que siempre lo alentaría a caminar y caminar, a salir a darle pelea a la vida que blanqueaba su barba y destechaba su cabeza.

Raquel Rueda Bohórquez
Barranquilla, 18 07 17






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