viernes, 12 de mayo de 2017

IMAGINO (74)

La imagen puede contener: 1 persona, anteojos, selfie y primer plano
Aunque la gata sea tuerta, cierra la puerta. 

IMAGINO (74)

Imagino que voy caminando por ahí;
todo son guijarros y rostros de ermitaños que van y vienen
entre las arenas doradas del mar.

En el rincón de las rocas,
adivino a la misma gaviota intentando volar;
¡creo que se parece a los dos!,
igual de soñadores, ¿habrá alguien más?

Sólo imagino que tomé el mismo tren,
y por aquéllas cosas de la vida,
me viste y te miré.

El camino era extenso,
el tren hizo su debida estación después de muchas,
y a la salida, un murmullo de gentes,
un empuje de afanes sin gloria,
y ahí, frente a mí, tus ojos se vararon
y los míos se congelaron.

Continué el camino,
tenía los cachetes cual amapolas
antes de ser degolladas;
no tuve tiempo sino de ver los tuyos,
fueron prendas que se quedaron
en una lámpara ausente,
cual luz en los cocuyos.

Y te fuiste,
seguí mi camino y el mar borró mis huellas,
al igual que las tuyas.
Una gaviota secó sus alas para subir y bajar entre las olas;
¡cuánto se parece a nosotros en esas ganas de volar!

Caminaba por ahí…
Ya me había olvidado de ti y tú de mí,
pero el tren pasaba de nuevo,
su velocidad era otra,
la mía también.

Hubo un freno,
una corriente extraña
sacudía el sino guardado en las entrañas
y al levantar el rostro,
la misma puerta se abrió, y los dos otra vez.
¿Será casualidad?

¡Sólo imagino!, pero vi una sonrisa,
tu voz se guardó en las comillas de mi boca
y la mía rebotó en el hoyuelo de tu barbilla.

El destino jugó con nosotros,
nos juntó en la misma silla.
El calor subía y bajaba,
¿serán los espantos que habitan mi hogar?

El silencio parecía sepulcral,
así el tiempo pasó,
no sé si fueron uno o dos segundos,
pero el tiempo pasó
y en la próxima estación toqué tus dedos.
¿Quién movió el tren de tal manera?

Tu mano se prendió de la mía, temblábamos,
todo ese miedo huyó, porque al fin,
se prestó el ocaso y llegó la noche.
Se nos alcahueteó el cielo y la luna era el broche
que iluminó nuestros rostros con sus dulces anhelos.

¡Shhhh!, ¡no digas nada!, /me dijiste,
y amanecimos amándonos,
lo resolvimos todo a versos,
y nos hicimos amantes una y otra vez,
en cada poema y hoja que veíamos caer.

Sólo imagino…

Raquel Rueda Bohórquez
11 05 17





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