UNA LECHUZA (176)
Publicado pors en
marzo 1, 2011 en 11:30pm
Mientras en
Colombia se arma alboroto por la muerte de una lechuza que tal vez sea como el
florero de Llorente, pues la gente está cansada con tanto maltrato a los
animales, y la juventud está tomando conciencia del daño tan grande que se les
ha hecho por generaciones, pareciera que se olvida la fiesta brava, donde
anualmente mueren inocentes ante las carcajadas de un público indolente. Con crueldad y el dolor éstos seres indefensos, mueren, cuando el
torero se cree que es el dueño y señor de su vida, y se posa delante de él,
desafiante, clava su daga sobre su pecho, y no puede resistirse a nada, pues
su dolor es inmenso y su lomo sangrante no le permite pelear por su vida.
¿Hasta dónde
llegaremos con tanta maldad?... ¿cuándo será que se prohíbe éste espectáculo
sucio y vulgar, y nuestros jóvenes ven a los animales con el respeto que los
viejos mañosos no les hemos dado durante tantos años?
En Colombia
existe mucho maltrato, desde el niño con una honda, hasta mujeres que con el
rosario en la mano gritan aleluyas y hablan de Dios, pero sin
escrúpulos ni temor, se dedican a envenenar inocentes aves como los palomos, así
silenciosas y a escondidas, en vez de buscar otra solución como tapar los
huecos de sus casas para que aniden en los parques, están los
carretilleros que maltratan físicamente a los caballos y los recargan de
trabajo, los exponen a diario en las carreteras, tantas cosas terribles que
hemos hecho con la naturaleza, que toda ésta maldad se volcará contra todos
nosotros.
Aquí en la Costa
Atlántica se comen los huevos de las iguanas, pero antes se les abre el vientre
y se sueltan así, ellas mueren silenciosamente, sin dolientes, mientras nos
comemos sus huevos, y vamos de a poco acabando con la especie.
La lista es tan
larga y dolorosa, que sólo quería dejar un recuerdo de la lechuza pateada en
un estadio de fútbol... La juventud está despertando, y qué bueno que éstas
generaciones de jóvenes vean la realidad, y se armen de palabras y valor
para que denuncien, y empiecen a educar a sus hijos hacia el respeto
y amor que todos los seres que habitamos el planeta merecemos.
Dejo el
recuerdo en la imagen de Patulequito y su hijo, el palomo blanco, al primero
lo recogí moribundo en mi puerta, además de piedras que los niños utilizaron
para acabar con él, después de 2 meses de tenerlo y cuando creía que iba a
morir, se salvó, y así cojo como quedó, tuvo una linda familia de la cual
quedó el palomo blanco que siempre lo acompañaba, pero que cualquier día se
dejó agarrar por mi hija Verónica y nos dimos cuenta que lo habían envenenado,
ahí murió, en sus manos; del palomo gris que reconocía mi voz y llegaba
volando a mi casa o a donde lo encontrara en cualquier sitio, no
regresó nunca más, imagino su triste final.
Parecen
tonterías para muchos, pero son seres vivos que debemos respetar y permitirles
vivir, así como lo hacemos nosotros, pues nacieron con el mismo derecho.
Raquel Rueda Bohórquez
Barranquilla,
marzo 1/11
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