sábado, 30 de julio de 2011

UNA LECHUZA (176)



UNA LECHUZA (176)
Publicado pors en marzo 1, 2011 en 11:30pm


Mientras en Colombia se arma alboroto por la muerte de una lechuza que tal vez sea como el florero de Llorente, pues la gente está cansada con tanto maltrato a los animales, y la juventud está tomando conciencia del daño tan grande que se les ha hecho por generaciones, pareciera que se olvida la fiesta brava, donde anualmente mueren inocentes ante las carcajadas de un público indolente. Con crueldad y el dolor éstos seres indefensos, mueren, cuando el torero se cree que es el dueño y señor de su vida, y se posa delante de él, desafiante, clava su daga sobre su pecho, y no puede resistirse a nada, pues su dolor es inmenso y su lomo sangrante no le permite pelear por su vida.

¿Hasta dónde llegaremos con tanta maldad?... ¿cuándo será que se prohíbe éste espectáculo sucio y vulgar, y nuestros jóvenes ven a los animales con el respeto que los viejos mañosos no les hemos dado durante tantos años?

En Colombia existe mucho maltrato, desde el niño con una honda, hasta mujeres que con el rosario en la mano gritan aleluyas y hablan de Dios, pero sin escrúpulos ni temor, se dedican a envenenar  inocentes aves como los palomos, así silenciosas y a escondidas, en vez de buscar otra solución como tapar los huecos  de sus casas para que aniden en  los parques, están los carretilleros que maltratan físicamente a los caballos y los recargan de trabajo, los exponen a diario en las carreteras, tantas cosas terribles que hemos hecho con la naturaleza, que toda ésta maldad se volcará contra todos nosotros.

Aquí en la Costa Atlántica se comen los huevos de las iguanas, pero antes se les abre el vientre y se sueltan así, ellas mueren silenciosamente, sin dolientes, mientras nos comemos sus huevos, y vamos de a poco acabando con la especie.

La lista es tan larga y dolorosa, que sólo quería dejar un recuerdo de la lechuza pateada en un estadio de fútbol... La juventud está despertando, y qué bueno que éstas generaciones de jóvenes vean la realidad, y se armen de palabras y valor  para que denuncien, y  empiecen a educar a sus hijos hacia el respeto y  amor que todos los seres que habitamos el planeta merecemos.

Dejo el recuerdo en la imagen de Patulequito y su hijo, el palomo blanco, al primero lo recogí moribundo en mi puerta, además de piedras que los niños utilizaron para acabar con él, después de 2 meses de tenerlo y cuando creía que iba a morir, se salvó, y así cojo como quedó, tuvo una linda familia de la cual quedó el palomo blanco que siempre lo acompañaba, pero que cualquier día se dejó agarrar por mi hija Verónica y nos dimos cuenta que lo habían envenenado, ahí murió, en sus manos; del palomo gris que reconocía mi voz y llegaba volando a mi casa o a donde lo encontrara en cualquier sitio, no regresó nunca más, imagino su triste final.

Parecen tonterías para muchos, pero son seres vivos que debemos respetar y permitirles vivir, así como lo hacemos nosotros, pues nacieron con el mismo derecho.

Raquel Rueda Bohórquez 
Barranquilla, marzo 1/11



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