IMPULSOS/A mi madre (185)
Me impulsa el bravo oleaje,
no hacia su tranquila orilla,
me empuja hacia su oscuro fondo
o hacia su mundo infinito
donde se esconde el cielo
y abrillanta el sol con sus mareas...
Impulsos de cometa errante
que arrastra presuroso su espíritu
se aventura y encalla sobre azules vertientes,
o duras espinas transformadas en rocas.
Son como llama que arde dentro de cada uno,
dan vértigo, desasosiego...,
te persigue desde el anochecer temprano,
te empuja sin querer comprender la razón,
hacia ese algo, que tú crees saber...
Son como el viento aligerando el paso
o vendavales que se forman de la nada,
que arrasan con lo que ellos quieren,
son tormentas que expanden sus rayos
dejándolos caer a su antojo,
o se elevan silenciosos
y se pierden en la inmensidad.
Te hacen latir el corazón, te hacen suspirar...
Hierven las venas ante su furor,
se esconden entre enramadas ajenas,
te persiguen en sueños,
te transforman en rey o en pordiosero,
en vil, en cobarde,
te convierten en arrogante, o tal vez
en humilde poeta, pintor o cantante...
Ellos son quienes rigen lo que creemos es el destino,
a tiempo en su incontenible intento
nos llevan al amor,
o al infierno convertido en desenfreno...
Nos transmite la envidia ante los impulsos ajenos,
desbarranca los propios y nos hace perdernos
como se pierde el aire que sentimos, pero no vemos.
Son el motor de nuestra vida...
El arranque poderoso que nos levanta ligeros o nos hace caer...
La magia sin entender que maneja nuestra fuerza interior...
¡Qué fácil dejarnos manipular por él...!
¡Qué difícil acertar, pues sus manipulaciones
nos llevan tantas veces a hacer lo que él nos indica,
más no a lo que debemos hacer!
Son ellos una llama ardiente en los seres vivos,
en la hiena, en el león, en la hormiga,
en la más mínima flor que se levanta victoriosa
en el escollo de cualquier esquina.
¿Quién los maneja? ¿Quién lo domina?
Tal vez el corazón, el sentimiento de cada ser
que toma su propia decisión y los permite entrar
o los deja volar sin preguntarse por qué o para qué...
Tal vez por culpa de ellos hoy seamos pordioseros
de nuestros propios sueños, o puede ser mañana,
con su acierto desconocido que nos pregonen reyes.
Me gustan los impulsos...
Aquéllos que inspiran poetas y se lo creen,
los que entregan diseños escritos con el alma,
los que pintan amores envueltos en flores
y transforman en melodías los cantantes...
Impulsos de abrazos,
de caricias plenas ardientes de pasión,
impulsos difíciles de dar que prodigan al hombre su felicidad
o los conducen a su propia desdicha.
Impulsos que nos llevan al triunfo
o nos lanzan con furor sobre nuestros propios sueños
arrollando sin pena ni lástima con nuestras vidas...
Aquéllos que estando en la cima
nos llevaron a elevarnos más,
y en el momento en que ya la creemos alcanzar,
otro nuevo impulso por subir más arriba
nos lleva al más oscuro foso
con una nueva caída.
Son ellos quienes nos mantienen soñadores...
Los que arrancan de tajo nuestros errores
y nos devuelven la perdida calma
transformándola en grandiosa virtud.
Nos enseña el valor de la vida sin proponernos,
nos muestra nuestra razón de ser
en éste camino incierto tan lleno de impulsos
válidos o no, que terminan ahí
donde empiezan los sueños
con cada nueva vida, con cada atardecer
que se pierde ante nuestros ojos
y se renueva impaciente con un nuevo día.
Impulsos de gritar, de llorar, de amamantar,
ante esa caída presurosa por la vertiente de tus entrañas...
Sólo al abrir por primera vez los ojos
con un nuevo ánimo por llorar primero y después reír
que tienen los bebés de cualquier mamá
dentro de su abrigado espacio que le permitió nacer.
¡Aquéllos que nos hacen esconder el rostro con vergüenza
para evitar el saludo de un familiar, un amigo, un vecino
que sin querer se cruza por nuestro camino,
ese impulso que lo hizo mirar implorando un abrazo
con sus raídos harapos y tristeza en el alma...
¡Qué arrogancia solemos tener ante la pasajera vida!
Esos que me despiertan en noches tenebrosas
con sensación de que alguien te mira
y te encogen el pecho en latidos incontenibles
de sombras que te persiguen y fantasmas que te acorralan
creados tal vez por tus mismos impulsos.
Esos me aterrorizan en la noche oscura desde niña,
y se esfuman con mis oraciones repetidas
con inquietud suprema.
¿Qué impulsos son éstos
que me invitan a despertar de turbios sueños,
me invitan a abrir la puerta del alma
y descubrir que ya no están ahí
después sonríes y elevas esa oración olvidada
y vuelves a dormir?
Otros que te hacen renacer
desde tu propio y sucio pantano,
con pétalos renovados y espinas livianas
de aquéllas que ya no hacen daño,
con vestido blanco y oloroso
que expande su perfume sobre cálidos y brillantes ojos.
Bellos impulsos en los ojos de mi madre
que nos llevan a agradecer por sus besos,
por cada día regalado entre sus brazos,
por cada oración entregada por sus tiernos labios,
esos que nunca callaron ciertas palabras,
que me acercaron un poco a su arraigada fe.
Impulso de las flores de mi cactus rosa
aquéllos que dejan ver silenciosos
en medio de terribles espinos, sus divinas flores,
y me regalan su néctar de vida
expandiendo su aroma sin pedir nada.
Entre tantos impulsos, el más bello y difícil,
aquél que borra cicatrices
nos convierte en mansos corderos,
nos permite mirar hacia el cielo,
el más valiente de todos,
el que se arrodilla y venera,
el que sabe agradecer con una mirada,
el que me motivó temprano
sin importar mis duras faenas,
el impulso que sana tu alma
y expele venenos de tu corazón,
¡qué bueno que lo pudiera hallar hoy
él es sencillo, está ahí para ti
para mí, se llama perdón.
Madre, tú eres el impulso de mi amor,
de un corazón incondicional para ti,
siempre agradecida de rodillas
por el más hermoso de los amores,
la más bonita de las flores,
el más grande de los regalos
que la vida me entregó.
Que Dios te bendiga en tu día,
que te regale muchas primaveras
para compartir contigo
y continuar envejeciendo a tu lado.
Raquel Rueda Bohórquez
Barranquilla, febrero 12/11
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