MAR (97)
Las nubes me impresionan
colgadas en el cielo y sostenidas mágicamente
entrelazadas con los naranjas, los violetas, los azules.
Venían grises divulgando tal belleza,
más el sol rojizo y tímido
como un gran ojo desde el cielo
entregaba rayos de luz,
que se besaban dulcemente
con los empedrados rústicos,
donde el cangrejo ermitaño jugaba
y corría con su casa, disfrazado de caracol.
Me senté de nuevo a observar,
un gran vacío sobre mi vida era constante,
no entendía la razón de mi tristeza
aunque la brisa mecía suavemente
plateadas canas,
aunque mis ojos con gafas nuevas
vislumbraban otro atardecer,
éste lo sentía melancólico.
No me motivaron los viajeros
ni el alcatraz que en veloz carrera
dibujaba una flecha en el horizonte...
Algo decía que más allá lo encontraría
pero no en éstas olas, venían vacías,
ya no había consuelo para mí.
Repetidas una y otra vez con un azul brillante
se multiplicaban en la inmensidad.
Contemplaba el mismo vaivén,
iguales llegadas sin saber a dónde ir,
nuevamente regresaban sobre sus pasos,
el mismo sonido ensordecedor
como el respiro de un depredador sobre tu cuello.
Casi que desvanecida
una lágrima rodó, nadie la pudo ver,
el sol se ocultaba,
el rojo intenso desapareció;
se tiñó el cielo de grises,
regresó sobre sus pasos.
Ya no hay regreso
he perdido mi espacio soñador
me quedaré aquí hoy,
nadie me juzgará por amar
ni verá mi desconsuelo.
Se han marchado mis amores
y como las olas eternamente repetidas,
llegarán a un sitio sin retorno
mientras me quedo aquí nuevamente
sentada en el mismo rígido sillón
con la soledad y tristezas de siempre
y las olas que llegan a una oscura playa
sin tener más espacio,
el mismo sonajero de siempre
sobre un lecho de basura
y una lágrima de mujer.
Raquel Rueda Bohórquez
Barranquilla, mayo 15/11
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